Mi cielo, me hacías sentir jodidamente bien.
Sí, muy bien.
Tus labios sobre mis labios.
Vaya que sí.
Tus manos sobre las mías,
eran siempre el encuentro entre dos civilizaciones
jamás contactadas, enfermas y sedientas del pecado deseoso,
ese que siempre enferma a la juventud.
Ya no, ya no más.
Ahora solamente el cigarro evoca tu figura
y el efecto de hierba me hace escucharte
entre susurros crepusculares en medio de la noche
mientras busco a Venus en el cielo.
¿O te busco a ti?
Ya Borges se cansó de escucharme llorar
y Benedetti me dice que escriba,
que puede que tal vez así te olvide.
Le tengo miedo al olvido.
Mis libros de poesía se han incendiado
por declamar versos día y noche, sin descanso,
en honor a tu recuerdo
Solo tuyos de nadie más.
los poemas que jamás escucharas.
Algunos boleros o a veces unas oldies
agitan este chicano corazón.
Muy salvaje, siempre firme.
Pensando en tu recuerdo de amor perfecto
que se me perdió una mañana de octubre.
Irrecuperable.
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